SEGUIR VIVIENDO, QUE NO ES POCO

Mis incursiones al exterior en la última semana se han limitado a salidas de emergencia, máximo 20 minutos al día. Es lo que tiene convivir con el virus en casa, pero no pillarlo (aún).

El rastreador que me llamó el otro día me dijo que mi vida puede ser completamente normal, y para mí lo completamente normal es poder quedarme en casa con mi hija. Nuestra suerte es que todo esto está pasando justo un mes antes de que ella cumpla la edad de «la dejas sola con COVID en casa». No, la morena no iba a ser distinta dentro de un mes. Seguiría poniéndome ojitos (ojazos, en su caso) de «mamá, necesito mimos» y me seguiría diciendo que está muy floja y no le deja de doler la cabeza un día tras otro.

Así que aquí estamos, en casita. Donde hay quien piensa que debería estar siempre. Enhorabuena, siguen ganando los buenos.

Raras veces he celebrado San Valentín, pero si la morena necesita mimos, tendrá mimos. Ya llegará el día en que no me los pida a mí (Señor, dame fuerza y cordura cuando llegue el momento).

De la fuerza que he necesitado para dar mis clases por videoconferencia esta semana y no morir en el intento, hablamos otro día. Que hoy el tema va de amor.

Ayer, cuando hablé sobre el miedo, me escribió una de las mujeres de mi vida. Me dijo que no había que avergonzarse de tener miedo y, que si nos enfrentamos a él, puede que lo venzamos. Y si no, me dijo, «sigues viviendo, que no es poco».

Pues a seguir viviendo, que no es poco.