CAJAS (SIN BOMBONES)

La vida es como una caja de bombones… pero aquí ya hace mucho calor y los bombones se derriten (así que atento si me lees y eres un bombón. Tú siempre por la sombra, hazme caso).

Haciendo gala de versatilidad y adaptación al cambio de estaciones, me ahorro los bombones y os enseño la caja. Ups, he dicho la caja.

LAS CAJAS. Dos. Que tenemos calor pero no miserias:

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SAN JUAN

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, porque a ver quién es la guapa que se pone al lado de Machado, pero en mi infancia sí hay un patio (cordobés) y en ese patio el día de San Juan marcaba el principio del verano.

En el día de San Juan de mi infancia no había meigas, ni mar, ni hogueras. Sí muchas macetas, y espíritu de celebración. Mi abuelo Juan sabía cómo festejar, vaya que sí. No se le escapaba un día de San Juan en el patio, ni se olvidaba de darnos un dinerito si le enseñábamos las notas de final de curso.

El día de hoy era el principio del verano, definitivamente lo era. Y aunque ese verano se pareciera poco al que voy a enseñar, ¿hay sello más veraniego que este?

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A ZANCADAS

La vida es a veces inaudita: este año estamos viviendo en el sur una primavera realmente primaveral, que no le teme ni al estado de alarma. Y mientras con pocos dedos podemos contar lo que falta para el principio del verano, sigue aquí nuestra inaudita primaveral primavera.

Sin embargo, la vida es también, a veces, lo más esperable del mundo. Hablo ahora de cambios, de mi adolescente favorito, y de que ya en este momento ha inaugurado día de cumpleaños.

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Un “mini-mini” bien resultón

Hola, me llamo Rosa y sí, soy la que siempre ha dicho que menuda gran pereza hacer encuadernaciones y cartonaje en general. Total, si soy muy impaciente, no mido con mimo y al final no me sale nada recto.

A partir de ahí es fácil adivinar qué traigo hoy: una encuadernación. Por la cosa de llevarme la contraria a mí misma de vez en cuando, más que nada (no se me vayan a subir a la cabeza mis propias certezas).

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EN ASAMBLEA

Los números se reunieron en asamblea. No todos llegaron al mismo tiempo: el 8 fue el primero, llegó rodando; el 7 fue el último, es que se había olvidado su bastón en casa.

Pero allí estaban. La convocatoria había corrido a cargo del 0, que ya no podía más. Se estaba volviendo loco en el vaivén de su desesperación cuando estaba solo y de su euforia descontrolada cuando le precedía el 1. Claro, es que hay una gran diferencia entre el 1 y el 10.

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EN POSITIVO

Tiempo estamos teniendo, no lo vamos a negar. Más del que imaginábamos, porque ¿alguien pensaba que seguiríamos todavía encerrados en casa después de todas estas semanas?

Y en ese tiempo, a algunos nos ha dado tiempo a empezar super-motivados a hacer rutinas de ejercicios en casa… y a abandonarlas. Nos ha dado tiempo a desesperarnos, a cultivar la calma y la esperanza, a volver a desesperarnos… y vuelta a empezar.

Yo, además, he tenido etapas de exposición voluntaria a sobre-información sobre el virus y rachas de “no quiero saber nada, ¡dejadme!”. Y teletrabajo, de eso bastante también.

Así que bueno, no nos estamos aburriendo, nosotros y nuestras cabezas, ¿no? Hablo, claro, desde la livianidad de una familia y un entorno sin contagiados.

El caso es que oscilo entre la gratitud del tiempo para bajar el ritmo y la sensación de que el mundo tal y como lo conocíamos se nos hunde. Así, sin puntos medios, esa soy yo.

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INTERMEZZO

Escuchaba ayer a Albert Espinosa hablar de una manera de gestionar este parón y este caos que tenemos encima.

Hablaba justo de su padre hospitalario, un señor muy mayor italiano que les decía que cada año hay que parar el mundo una vez: salir del mundo para mejorarte y para mejorarlo. Estar durante un tiempo fuera del mundo, escuchando buena música, leyendo buenos libros.

Haciendo eso, cuando volvieses, el universo te premiaba, porque los que mueven el mundo son los que lo paran.

Estamos indudablemente de parón, y yo lo he interpretado así:

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